ARTE PREHISPÁNICO

Una de las facetas más interesantes de Diego Rivera fue la de gran coleccionista de arte prehispánico. No se sabe exactamente cuándo comenzó a adquirir piezas de casi toda la República, pues él mismo fraguó imaginativas leyendas al respecto. Lo cierto es que el “idolaje”, alcanzó los poco más de 51,000 objetos, entre cerámica, máscaras de piedra, figuritas de barro, hasta humildes tiestos rotos. Es posible que una parte de ellas no proviniera de yacimientos arqueológicos originales sino de artesanos que desde el siglo XIX recreaban las piezas antiguas, pues Diego se guiaba por su gusto personal. Con todo, hacia 1950 era sorprendente que un particular poseyera una colección así, por lo que la colección de Diego era utilizada para exposiciones. De hecho, la parte más importante de la gran exposición que se presentó en el Palacio de Bellas Artes en 1964, llamada Arte Precolombino del Occidente de México, la constituyeron las piezas de Diego Rivera. Fue la antropóloga Eulalia Guzmán, amiga del pintor, junto con Frida Kahlo, quien catalogó en un principio el enorme acervo.

A lo largo de las 23 salas en que se distribuye el museo Anahuacalli, Diego Rivera dispuso una pequeña parte de su enorme colección de figuras cerámicas y de piedra. El orden en que escogió hacerlo responde, más que a una concepción antropológica o arqueológica, a una concepción estética que busca incorporar las representaciones de las antiguas culturas al arte contemporáneo, retomando así una línea interrumpida por el predominio de la cultura occidental en nuestro país. Es por ello que las piezas no cuentan con una ficha de catalogación, pues se espera la apreciación de la obra de arte. Así, el orden de las piezas se corresponde con el concepto del Anahuacalli como una pieza de arte habitada y con la interpretación del artista con respecto a las cosmogonías y el arte antiguo.

Las piezas exhibidas en los espacios del Anahuacalli se encuentran ordenadas según criterios museográficos de los años sesenta que rescataron y dieron continuidad a la percepción de Diego Rivera de la cosmogonía prehispánica. El mobiliario de exhibición de la sala 2 del Anahuacalli, hecho de piedra volcánica como el resto del museo está inspirado en las pirámides dobles retratadas en los códices, con dos templos, uno a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y otro a Tláloc. Este mobiliario da sustento a las piezas, entreveradas con las almenas que remataban los templos en tiempos de los toltecas. Entre la colección de esculturas aztecas sobresalen la de un gran macehual y dos portaestandartes. Hay personificaciones de Tláloc, varias representaciones de Quetzalcóatl y la diosa Chicomecóatl, Chalchihuitlicue, la Cihuateteo, jaguares, perros, cajas, cráneos de Tozmpantlis y vasos estucados. Los materiales arqueológicos de Teotihuacán consisten principalmente en piezas de cerámica, entre ellas muchos vasos trípodes pintados y máscaras de alabastro y figurillas de extremidades móviles. A ellos se añaden piezas del Preclásico teotihuacano, entre las cuales la más notable es la del acróbata de Tlatilco, y muchas figuras olmecas provenientes de Guerrero.

Sin embargo, la celebridad de Diego Rivera como coleccionista se relaciona especialmente con los objetos provenientes del Occidente de México, que se muestran en la parte superior del Museo. El fin de la Guerra Cristera hacia finales de los años treinta trajo consigo la construcción de carreteras en aquella zona y el levantamiento del suelo. Los campesinos se encontraban con tumbas de tiro, de las que extraían piezas que ofrecían a Rivera y otros coleccionistas. Este arte entusiasmó al pintor al no ser religioso ni político, sino que mostraba la vida cotidiana de los pueblos de aquella zona que comprende Jalisco, Colima, Nayarit y Michoacán, además de Guerrero y Guanajuato, de donde obtuvo piezas de las culturas de Mezcala y Chupícuaro.

Una de las facetas más interesantes de Diego Rivera fue la de gran coleccionista de arte prehispánico. No se sabe exactamente cuándo comenzó a adquirir piezas de casi toda la República, pues él mismo fraguó imaginativas leyendas al respecto. Lo cierto es que el “idolaje”, alcanzó los poco más de 51,000 objetos, entre cerámica, máscaras de piedra, figuritas de barro, hasta humildes tiestos rotos. Es posible que una parte de ellas no proviniera de yacimientos arqueológicos originales sino de artesanos que desde el siglo XIX recreaban las piezas antiguas, pues Diego se guiaba por su gusto personal. Con todo, hacia 1950 era sorprendente que un particular poseyera una colección así, por lo que la colección de Diego era utilizada para exposiciones. De hecho, la parte más importante de la gran exposición que se presentó en el Palacio de Bellas Artes en 1964, llamada Arte Precolombino del Occidente de México, la constituyeron las piezas de Diego Rivera. Fue la antropóloga Eulalia Guzmán, amiga del pintor, junto con Frida Kahlo, quien catalogó en un principio el enorme acervo.

A lo largo de las 23 salas en que se distribuye el museo Anahuacalli, Diego Rivera dispuso una pequeña parte de su enorme colección de figuras cerámicas y de piedra. El orden en que escogió hacerlo responde, más que a una concepción antropológica o arqueológica, a una concepción estética que busca incorporar las representaciones de las antiguas culturas al arte contemporáneo, retomando así una línea interrumpida por el predominio de la cultura occidental en nuestro país. Es por ello que las piezas no cuentan con una ficha de catalogación, pues se espera la apreciación de la obra de arte. Así, el orden de las piezas se corresponde con el concepto del Anahuacalli como una pieza de arte habitada y con la interpretación del artista con respecto a las cosmogonías y el arte antiguo.

Las piezas exhibidas en los espacios del Anahuacalli se encuentran ordenadas según criterios museográficos de los años sesenta que rescataron y dieron continuidad a la percepción de Diego Rivera de la cosmogonía prehispánica. El mobiliario de exhibición de la sala 2 del Anahuacalli, hecho de piedra volcánica como el resto del museo está inspirado en las pirámides dobles retratadas en los códices, con dos templos, uno a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y otro a Tláloc. Este mobiliario da sustento a las piezas, entreveradas con las almenas que remataban los templos en tiempos de los toltecas. Entre la colección de esculturas aztecas sobresalen la de un gran macehual y dos portaestandartes. Hay personificaciones de Tláloc, varias representaciones de Quetzalcóatl y la diosa Chicomecóatl, Chalchihuitlicue, la Cihuateteo, jaguares, perros, cajas, cráneos de Tozmpantlis y vasos estucados. Los materiales arqueológicos de Teotihuacán consisten principalmente en piezas de cerámica, entre ellas muchos vasos trípodes pintados y máscaras de alabastro y figurillas de extremidades móviles. A ellos se añaden piezas del Preclásico teotihuacano, entre las cuales la más notable es la del acróbata de Tlatilco, y muchas figuras olmecas provenientes de Guerrero.

Sin embargo, la celebridad de Diego Rivera como coleccionista se relaciona especialmente con los objetos provenientes del Occidente de México, que se muestran en la parte superior del Museo. El fin de la Guerra Cristera hacia finales de los años treinta trajo consigo la construcción de carreteras en aquella zona y el levantamiento del suelo. Los campesinos se encontraban con tumbas de tiro, de las que extraían piezas que ofrecían a Rivera y otros coleccionistas. Este arte entusiasmó al pintor al no ser religioso ni político, sino que mostraba la vida cotidiana de los pueblos de aquella zona que comprende Jalisco, Colima, Nayarit y Michoacán, además de Guerrero y Guanajuato, de donde obtuvo piezas de las culturas de Mezcala y Chupícuaro.